Escrito (1)

La Odisea

Lily Garrison ’06

Estamos sentados en un lugar con pocos muebles, paredes vacías, rodeando un panel de hombres en máscaras. Afuera de las ventanas sin vidrios, la noche desciende a una velocidad amenacante, pero el día humedecente persiste. Nuestras espaldas están mojadas de sudor y agua del río. Gritos raros resuenan desde la jungla cercana. Estos gritos suenan como los llantos de adolescentes en un parque de diversión, pero en realidad vienen de los changos que me puedo imaginar, colgándo se de rama en rama.

Habíamos llegado a Roberto Barrios al mediodía después de una comovedora manejado por los cerros verdes hacia un valle neblinoso. Este fue uno de los primeros pueblos Zapatista que visitaríamos en nuestro viaje. Cuando nos salimos de los vehículos, el aumento de humedad fue abrumante. Entonces empezó el esperar. Antes de conocer a las mujeres artesanas o los oficiales del gobierno Zapatista, primero teníamos que ser aprovados por el Concilio del Buen Gobierno. Nuestras líderes, Niki y Hilary, parecían estar un poco frustradas, ellas habían recibido el apruebo una semana antes para poder evitar eso hoy. Las razones por el atrazo, resultaron en ser que los oficiales del concilio alternan cada dos semanas.

Decidimos preparar nuestro almuerzo en un pequeño refugio sin paredes. Aunque estábamos debajo del refugio, todos estábamos incómudos en el calor opresivo. Varias de las mujeres artesanas estuvieron cerca mirando. Sus hijos corrían adentro y afuera, haciendo mucho ruido, mientras sus hijas cernesian alrededor de sus madres. Al fin recibimos permiso oficial para reunirnos con las mujeres y nos congregamos en su pequeña tienda. Bolsas de muchos colores colgaban de los cabrios, y nuestro grupo, por lo general éramos más altos que las mujeres, tuvimos que acurucarnos para evitarlos. Las mujeres se pusieron máscaras antes de hablar con nosotros. Usualmente no se ponen las máscaras hasta el fin cuando nos tomamos fotos, pero esta vez una graduada de nuestra escuela Oakwood, estaba filmando toda la reunión.

Las mujeres hablaban en voz baja, nunca mirándonos directamente en los ojos. Algunas se quedaron en silencio. Otras, siendo más abiertas, riéndose fácilmente y hablando bien seguras de ellas mismas. Lo que para mí fue más memorable fue la reunión en que las mujeres nos describieron su vida diaria. Ellas deben despertarse cuando todavía está oscuro afuera para hacer tortillas—un proceso que continúa por muchas horas. Empecé a entender el peso de nuestra larga lista del día. Mientras nos comíamos nuestro almuerzo de pan y fruta comprada de tiendas y nos sentábamos platicando de los chismes de la escuela—de las clases, las bromas—las mujeres también esperaban la bendición del Buen Gobierno. De repente me sentí en conflicto. Nuestra visita les dio un descanso, pero también éramos una carga.

Después de unas pocas horas con las mujeres., caminamos por la jungla a una cascada. La palabra “cascada” no es adequada para describir el escenario. Habian varios vastos charcos azules, en diferentes niveles, y cada charco rebosaba en rocas rojos, hasta revolcar en el siguente. La belleza era desalumbrante. Despues de irnos de allí oí que el gobierno mexicano quiere construir una carretera que conectaría las cascadas a las ruinas mayas de Palenque—convirtiéndolas en un centro de turismo.

Al fin llegó el tiempo que nos sentamos con el Concilio del Buen Gobierno. Estos concilios existen en todos los cinco caracoles. Los cuales son los principales centros administrativos Zapatistas. Usan esta palabra porque el caracol forma una espiral—que se enreda adentro y afuera—así como conocimiento y comunicación viaja hacia adentro y afuera de los pueblos, y hasta afuera al mundo extranjero.

Entramos en un edificio largo, que tiene los muros de afuera cubiertos con murales de muchos colores. No hay vidrio en las ventanas y la tarde calorosa pasa libremente por ellas.

El Concilio del Buen Gobierno tiene nueve miembros, cada uno de un pueblo diferente, representando las diferentes municipalidades autónomas de esa zona. Dos de los miebros son mujeres. Los hombres parecen estar orgullosos de las mujeres y ven su presencia como una señal que la causa Zapatista de igualdad entre los géneros se está realizando. Al mismo tiempo, ellos enfatizan que las mujeres todavía están bien jóvenes y tienen mucho que aprender. El concilio a aprobado ciertas preguntas y cada uno de los miembros tiene una pregunta ya asignadas a ellos para responder. Cuando el tiempo de las mujeres llegó, se miran nerviosas y no hablan por mucho tiempo. Cuando terminan, sin falla un hombre interviene para explicar más detalladamente. Los hablantes usan una manera de hablar filosófica cuando se dirigen a nosotros. Llenan sus observaciones con metáforas, y hablan de la resistencia Zapatista en términos abstractos, rara vez usando hechos para ilustrar la calidad de sus vidas.

Roberto Barrios es diferente de los otros caracoles en que no está unido en soporte de la resistencia, en vez de estar unido siempre está bajo la tensión entre los rebeldes y los que soportan el gobierno. Al fin de nuestra reunión con el concilio, se habia hecho completamente oscuro y caminamos por la calle para comprar algo de comer en la pánadería. Estaba llena de muchachos adolescentes que estaban compartiendo un litro de soda que habían ganado en un partido de fútbol. De repente, Niki y Hilary nos estaban sacando de la pánadería. Algo que fue un poco confuso como ellas habian sido las que nos sugirieron ir ahí. Después nos explicaron que sin saber habíamos estado rodeados de partidarios del gobierno. No pienso que en ese momento había mucho peligro para nosotros, pero nos dijo algo de las divisiones que hay entre la comunidad. Roberto Barrios era tan diferente que las cascadas cercanas. Como puede ser que un pueblo tan pobre y quebrantado puede tener un paraíso natural a la par de él?

No todos de los pueblos estaban tan oprimidos económicamente como Roberto Barrios. Uno de ellos estaba en un viejo, lujoso rancho; sus dueños lo habían abandonado después de la insurección de 1994. Los Zapatista que lo tomaron lo convirtieron en un pueblo, el cual le pusieron por nombre, “Primero de Enero” el día de la insurreción. Aquí nos reunimos con mujeres de toda la área en un gran edificio que antes era un granero. Esa noche yo fui la portavoz para Oakwood, mi trabajo fue introducir nuestro grupo y explicar nuestro propósito de venir a Chiapas. Mientras yo hablaba podía oír a las mujeres riéndose y hablando en voz baja. Estaba avergonzada. ¿Que había dicho? ¿Estaba el cierre de mis pantalones abierto? Mickey me explicó después que las mujeres estaban diciendo en voz baja, “Chica! Chica!”, porque a ellas se les parecía raro que una chica introdujiera el grupo cuando había un gran número de muchachos entre nuestro grupo. Las mujeres estaban encantadas de esta aberración.

Aunque los caracoles estaban físicamente bien diferentes y nuestra experiencias dentro de ellas fueron variadas, me impresionó cómo los hombres y las mujeres de los diferentes pueblos usaban los mismos términos para discutir la resistencia al gobierno central. La similaridad de las descripciones de sus intenciones y sueños parecía apoyar la metáfora de conocimiento que fluía hacia adentro y afuera d los lugares y las mentes.Mientras los pueblos están justamente lejos de cada uno, y los telefonos no existen, los rebeldes todavía alcanzan a mantenerse firmes juntos apoyando sus sueños para el futuro.

Los últimos dos días del viaje nos quedamos en San Cristóbal de las Casas para estar un tiempo con las mujeres que hacen los productos que vendemos en Oakwood—Las Mujeres de Maíz en Resistencia. Estas mujeres vinieron de diferentes pueblos pero se reúnen cada cuantas veces para fortificar su cooperativo artesano y discutir sus diseños. Nos reunimos en las afueras de la cuidad en un edificio aislado hecho de varios cuartos rodeando un patio. Estuvimos por mucho tiempo aqui jugando juegos. Muchos de ellos eran bien tontitos—no presentaban desafíos ni obstáculos—pero ayudaron a las mujeres a no tener pena, nos ayudaron a nosotros a despegarnos de nuestros amigos y en verdad conversar con las mujeres.

A un punto, nos dividimos en dos grupos de estudiantes de Oakwood y mujeres del cooperativo y tratamos de recrear algún aspecto de la vida de cada uno con pasos cómicos. Por ejemplo, en un grupo, las mujeres y los estudiantes se cambiaron la ropa entre ellos, mientras los estudiantes se sentaron alrededor de un fuego imaginado y hacían tortillas imaginadas, las mujeres salieron con pantalones grandes, suéteres, y gafas de sol, y sacudían sus cabezas al ritmo de sus audifonos imaginarios.

Al fin de nuestra visita de dos días con las mujeres en San Cristóbal tuvimos un bello adiós. Un mariachi llegó. Luego bailamos con las mujeres a su música tradícional. Para nuestras normas, su forma de bailar es más como el paso de un robot. Cuando tratamos de añadir un poco de sabor a sus pasos repetidos sin fin, las mujeres se sonrojaron y se rieron con mucha gana. Para la última actividad, los grupos cantaron unos a los otros. Nos quedamos con las mujeres hasta las once, cuando nos dijimos los últimos adiós. La noche se sintió como la perfecta conclusión a nuestro viaje.

Es raro pensar que estábamos en Chiapas sólo dos meses atrás. Ahora que he regresado a mi rutina diaria, se ha convertido en un sueño lejos y medio pintado. Pero cuando me bajé del avión en Los Ángeles y pasé por inmigración, los turistas frescamente bronceados se me parecían tan extraños como las mujeres se me parecían una semana atrás.