Escrito (1)

Viaje a Chiapas

Morgan Davis ’07

 

Después de una noche de avión, que incluyó una escala en el aeropuerto de la Ciudad de México y un viaje en un avión pequeño que se movió mucho, aterrizamos en la única pista del aeropuerto de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Hilary y Nikki fueron a buscarnos con las dos camionetas que serían nuestro transporte durante el resto de la semana. Viajamos por cañones verdes y exuberantes. El camino recién construido era algo parecido a Mullholland Drive pero con esteroides, con barrancos muy pronunciados de un costado. Cuando cruzamos por un puente sobre un desfiladero profundo, nuestra conductora dijo, sólo medio en broma, que era muy probable que el puente se rompiera pronto.

Después de dos horas, llegamos a la ciudad de San Cristóbal (cuya población oficial es de aproximadamente 95.000 personas) en donde pasaríamos seis de nuestras siete noches. La ciudad, como colgada de las montañas a aproximadamente 7.000 pies, puede describirse exactamente como “románticamente en ruinas”. Un cielo gris tormentoso fue el telón de fondo teatral para los edificios de estilo colonial español que estaban envueltos en colores vibrantes. Los edificios de cada cuadra estaban pegados uno al lado del otro y por ese motivo el magenta cambiaba al color durazno y luego al amarillo limón, al verde oliva, al violeta y al bordó a medida que caminábamos por la calle. Había perros holgazaneando en cada esquina.

Nuestro hotel, La Posada Doña Rosita, combinaba con el patrón de color general de la ciudad, con salpicaduras de naranja en los espacios comunes y paredes saturadas de amarillo en la habitación de las muchachas, todo acentuado con el piso con baldosas azules y blancas combinadas. Doña Rosita era una mujer pequeña que nos preparaba porciones abundantes de huevos, tostadas y café todas las mañanas y cenaba con los otros jóvenes mochileros extranjeros en su propia mesa.

Durante los dos días siguientes recibimos un curso intensivo por medio de una serie de reuniones organizadas por Nikki y Hilary acerca de los muchos factores sociales y políticos que enfrentó la gente de Chiapas. A pesar de que estábamos cansados por nuestro vuelo nocturno, intentamos absorber la mayor cantidad de información posible, sabiendo que lo que aprendiéramos sería la base para contextualizar nuestras experiencias en los días siguientes.

 

Salimos de San Cristóbal el martes por la mañana para realizar una excursión de dos días. El paisaje de coníferas se transformó en una selva tropical exuberante a medida que viajábamos por los sinuosos caminos de montaña. Nuestro destino era la aldea de Ocotal, donde se hallaba una de las cooperativas de Mujeres de Maíz en la Resistencia. El pueblo se veía como colgado de la ladera, y se podía acceder solamente por un camino angosto, polvoriento y empinado. A pesar de que el camino parecía peligrosamente angosto, nuestras camionetas subieron con destreza, y nos detuvimos una vez cuando una de las ruedas se salió del camino cuando cruzábamos lo que podría describir como una cascada muy pequeña. Cerca de la cima, nos detuvimos a recoger a tres niños pequeños que habían estado caminando durante horas cuesta arriba por la colina, la única ruta entre la gran ciudad de Yajalón y la pequeña Ocotal.

En la aldea, las gallinas y los perros corrían sueltos alrededor de nosotros mientras subíamos por un sendero empinado con vegetación alta hasta el lugar donde las mujeres de la cooperativa estaban reunidas en una pequeña estructura de madera que luego nos enteramos que era el almacén general que habían construido con las ganancias del Proyecto Oakwood Chiapas. Nos sentamos en los bancos de madera que habían sido preparados para nuestra visita, mientras hablábamos muy entusiasmados entre nosotros y nos daban jugo de frutas en vasos de papel. Todos se presentaron entre sí, y Nikki hacía de traductora. Hablamos sobre la cooperativa y la vida de la comunidad. Nos contaron que una pequeña pieza tradicional de bordado de flores llevaba varios días de trabajo. Esto estaba sumado al cuidado de los niños y los animales y a preparar las comidas desde cero, para lo cual se levantaban a menudo antes del amanecer para moler el maíz para las tortillas. Sin embargo, su trabajo de artesanas, su única fuente de ingresos, les permitió establecer el pequeño almacén, que ofrece los productos básicos para sus compañeros de la aldea que, de otro modo, sólo hubiesen conseguido en Yajalón, a varias horas de caminata.

Toda la formalidad se desvaneció cuando terminó la entrevista. Muchos estudiantes fueron con las mujeres al almacén para ayudar a preparar el almuerzo. Una niña de seis años llamada Sadie se entretuvo sacando fotos fuera de cuadro con la cámara digital de Sascha. (En todos los lugares a donde íbamos, los niños estaban cautivados por sus propias imágenes de la pantalla de la cámara.) Sadie, que es de Yajalón, había conocido a los estudiantes de Oakwood el año pasado cuando acompañó a su madre y a su abuela al encuentro, y ya era toda una experta en monopolizar el afecto de todos. Mientras tanto, sentí la necesidad imperiosa de comunicarme y participé con Nora y Chloe de una conversación con una chica que tenía nuestra edad.

Como nadie hablaba fluidamente español, nuestra conversación estaba limitada de alguna manera a las preguntas simples (¿Cuántos años tienes?, ¿Cuántos hermanos tienes?, ¿Es teñido el cabello rojo de Chloe?). Intenté enhebrar el puñado de palabras que sé en español para armar frases coherentes, le pedí a mis amigos que tradujeran y me maldecía a mí mismo por no haber estudiado español.

Pasamos la noche en Palenque, una ciudad húmeda y destartalada sin ninguno de los encantos de San Cristóbal. Dormimos envueltos en toallas húmedas para poder enfriar nuestros cuerpos y nos despertamos a la noche con los ruidos de los camiones que pasaban y con los maullidos sobrenaturales de los gatos apareándose. Hay dos atracciones turísticas populares cerca de Palenque: Las cascadas de Agua Azul y las sorprendentes ruinas de los templos Mayas. Visitamos ambos lugares, acompañados de una cantidad infinita de turistas alemanes en casas rodantes autoportantes y de italianos con pequeños trajes de baño en las cascadas.

Antes de irnos de Palenque, conocimos a tres mujeres de Ixim Anztetik, un centro de salud para la mujer de Palenque. Es la primera y única organización que atiende las necesidades médicas de las mujeres indígenas, que brinda apoyo, servicios básicos de atención médica, remisiones e información sobre la salud, el control de la natalidad y asistencia legal. Con sus figuras recortadas sobre un mural de mujeres sonrientes y maíz, nos contaron historias horrorosas sobre mujeres a las que se les negó atención en los hospitales locales, aún en casos en los que sus vidas corrían peligro, como la ocasión en la que una mujer que aparentemente estaba sufriendo un aborto espontáneo fue rechazada hasta que llegó una mujer de Ixim Antzetik. A pesar de que a menudo deben enfrentar la burla de la comunidad, e incluso de los miembros de sus propias familias, las mujeres que conocimos describieron un sentido profundo de satisfacción y autonomía en su trabajo para la organización.

A la mañana siguiente, partimos en otra excursión. Esta vez viajamos hacia arriba, a las tierras altas de la comunidad de Acteal, donde en 1997 hubo una masacre en la que 45 personas fueron asesinadas por fuerzas paramilitares. El 22 de cada mes, los pobladores honran este hecho con una misa especial, a la que afortunadamente pudimos concurrir. El servicio religioso fue precedido por una procesión desde un sitio de la masacre, una pequeña iglesia de madera, hasta una escultura conmemorativa cerca del camino principal. El servicio religioso en sí se llevó a cabo en un anfiteatro de grandes dimensiones al aire libre. Además de los habitantes del pueblo, concurrieron varias decenas de trabajadores humanitarios y de turistas. Lo que más me impactó (y creo que también a todos aquellos que me rodeaban) fue la alegría solemne con la que los pobladores participaron de la ceremonia. Visitamos la iglesia donde se habían cometido los asesinatos, pudimos ver los orificios hechos por las balas en las paredes y vimos las fotos de las víctimas, en su mayoría mujeres y niños, y estábamos desconcertados por la actitud de la gente del pueblo. Seguí viendo en todas las personas que iba conociendo una fuerza y capacidad de recuperación desconcertantes.

Nos fuimos después del servicio religioso y viajamos unos cuarenta minutos hasta el pueblo de Los Chorros, donde está Abejas, una de las cooperativas más exitosas de Mujeres de Maíz.

Almorzamos en la casa de dos hermanas que son la piedra angular del funcionamiento de la cooperativa, y que han decidido no casarse para poder dedicar su tiempo al trabajo de artesanas. En ausencia de hombres, el trabajo de la participación de la familia en la recolección del maíz en los campos del pueblo recayó sobre la madre. Varias mujeres de Abejas prepararon una comida abundante para nosotros, y la madre de las hermanas parecía especialmente rebosante de alegría por recibirnos, debido a que nunca había conocido a ningún estudiante de Oakwood; rompió a llorar repetidamente y nos agradeció a todos, una y otra vez. Y, a pesar de que Nikki dijo sonriente: “Ella siempre hace eso” la expresión espontánea de emoción de la anciana pareció cambiar el ánimo de alegría de la reunión por algo más profundo y personal. El tono de la reunión se transformó en más serio cuando las hermanas nos contaron sus experiencias de haber sido retenidas como rehenes por los paramilitares en su pueblo. Y eso no era todo, nos enteramos de que los miembros paramilitares todavía viven en el pueblo, y una mujer dijo, en un tono inquietante, que era muy probable que los paramilitares se acercaran a ellas cuando nos fuéramos, con la suposición de que nosotros les habríamos dado dinero.

Al día siguiente comenzamos el encuentro de dos días, durante los cuales las representantes de las cooperativas (incluidas Abejas, Sadie y su abuela, y algunas otras mujeres de Ocotal) fueron a San Cristóbal a reunirse con la delegación de Oakwood. Como parte de un ejercicio de presentación, Nikki y Hilary nos dividieron en grupos y construimos en arcilla algo que representara nuestras comunidades. Cada grupo de las cooperativas retrató a su pueblo, mientras que los grupos de Oakwood crearon una escena de playa con el muelle de Santa Mónica, una versión completa de Los Feliz, y un embotellamiento en una autopista, con todo, con Hummer y limusinas. Las actividades del resto del día consistieron principalmente de juegos de presentación similares (un juego se parecía al Bar Mitzvah estándar, Pepsi -7- Up), artes y manualidades, mezclarse, comer y… comprar (¿cómo podíamos resistirnos?).

Al día siguiente hablamos sobre las ventas del año anterior y evaluamos la estética de la mercadería que las mujeres nos mostraron para que nosotros opináramos. (Se sorprendieron mucho al escuchar que las camisas que dejaban el vientre descubierto ya no estaban de moda, porque los alumnos de Oakwood habían afirmado cinco años atrás que eran el último grito de la moda.) También hablamos sobre la naturaleza de la asociación entre Oakwood y Mujeres de Maíz. Algunas de las mujeres expresaron su preocupación porque teníamos que dedicar mucho tiempo al proyecto o porque teníamos que rogarles a las personas que compraran nuestros productos. Les aseguramos que era lo opuesto, no nos exigía un tiempo excesivo ni teníamos que convencer ni engatusar a la gente para venderles su trabajo. Y Mickey afirmó con gentileza que a pesar de que él trabaja mucho, no trabaja tanto como ellas.

Los dos días de interacción intensiva culminaron en un adiós emotivo. Bailamos al son de la música de una banda mariachi contratada y cantamos de todo: ellas cantaron el Himno Zapatista y canciones tradicionales, nosotros cantamos “Redemption Song” y “Blowin’ in the Wind”. Al final, nos reunimos en un círculo y todos hablaron. En ambos grupos el sentimiento fue de gratitud y admiración, expresado con calidez y a menudo con lágrimas.

Estaba lloviendo a cántaros cuando volvimos caminando al hotel de Doña Rosita. A la mañana, tuvimos nuestro último desayuno con huevos, tortillas y tostadas, hicimos nuestra visita al mercado de artesanos local para comprar los regalos de último momento y les dijimos adiós a Nikki y Hilary. Llegamos al Aeropuerto de Los Ángeles esa noche, cansados, felices y un poquito sucios. Mis padres me preguntaron cómo me había ido. No sabía cómo empezar, por eso, dije simplemente “Triste por haberme ido de allí, feliz por estar en casa. Les contaré más tarde.”

***

Las palabras no pueden expresar cuán conmovedor, increíble y reconfortante fue el viaje a Chiapas. Espero que todos aquellos involucrados con el Proyecto de Chiapas tengan la posibilidad de tener la experiencia en carne propia. Y quisiera destacar lo siguiente: Oakwood es el único grupo que vende los productos artesanales hechos por las colectividades de Mujeres de Maíz. El proyecto Chiapas es esencialmente su única fuente de ingresos; cada contribución hace una diferencia profunda. Por lo tanto, a todos aquellos que han participado del Proyecto Chiapas, tengan la satisfacción de saber que sus contribuciones tienen un uso real y tangible. Esperamos ver crecer el Proyecto a través del apoyo continuo de la comunidad de Oakwood y de los ciudadanos comprometidos.