Escrito (1)

El Encuentro

Delaney Ross ’09

 

Terminé de decir mis últimas palabras a las mujeres y me volví a hundir en el suelo, llorando a lágrima viva. Para ocultar mi vergüenza, enterré mi cara en la funda de almohada que me habían dado como regalo de despedida, y los cinco minutos siguientes estuvieron llenos de la gama más intensa y diversa de emociones que sentí en mi vida en una sola experiencia.

Estaba en Chiapas, México, con veinte compañeros de clase. Yo había trabajado con el Proyecto Chiapas de Oakwood durante cuatro años, vendiendo prendas artesanales hechas por las mujeres indígenas y enviándoles lo recaudado. Chiapas no sólo es el estado más pobre de México, sino que también está en medio de una revolución de cambio. Las cooperativas con las que trabajamos viven en una lucha constante por los derechos humanos, la justicia económica y la autonomía. Estábamos allí para conocer mejor estos esfuerzos y para conocer a las mujeres. Pasamos los días compartiendo historias sobre la vida de familia y la cultura, jugamos e hicimos actividades artísticas y cantamos canciones con ellas y sus hijos.

Cuando nos despedimos, cuando cada una de las mujeres y de los estudiantes dijo lo que esos días habían significado para cada uno, yo estaba pensando en algo perfecto que decir, para capturar todos mis sentimientos y todo lo que había aprendido. Me di cuenta de que, simplemente, había demasiado para decir y mucho que todavía no había comprendido, y pude decir algo sobre lo agradecida que estaba y cuánto había aprendido y cuánto significaban ellas para mí.

Yo había llegado sintiendo mucha compasión por estas mujeres, por su pobreza y sufrimiento, y esperaba que ellas hablaran con simpleza y en voz baja y, realmente, sin mucha consideración, debido a los límites importantes de su educación y experiencia de vida.

Su orgullo, dignidad, inteligencia y fortaleza me conmovieron sin advertencia. Recibieron las críticas a sus prendas con gentileza y reflexivamente y hablaron con solidez sobre los asuntos políticos y sociales complicados. Su persistencia en el trabajo para lograr un equilibrio entre el amor y la autonomía en sus comunidades anula toda posibilidad de sentir lástima por ellas. Ésta transformó la naturaleza de mi compasión: ya no eran mujeres con necesidad de caridad, sino un grupo de amigas que estaban en una mala situación y que deseaban aceptar una ayuda.

Además, yo nunca había comprendido totalmente la idea de tragedia. Había visto fotos de mendigos en las calles y niños escuálidos, pero cuando hablé con estas mujeres sobre sus vidas, fue diferente. Ellas pudieron lograr lo mejor a partir de un entorno horrible. Su determinación de formar una comunidad mejor me demostró cuán fuertes pueden ser los seres humanos. Ellas no eran simplemente víctimas de un mundo cruel, sino personas maravillosas con un talento enorme que sería increíblemente exitoso con una posibilidad razonable. Éste es un tipo de tragedia más profunda y ahora tengo una relación personal con ella. Me ha dado más coraje para transformar el mal trágico en bien, un sentimiento nuevo para la importancia de la pasión .

Todo esto me abrumó, en esos últimos minutos que estuvimos juntas, con compasión, amor, admiración, pena y esperanza. Mi agradecimiento se extiende más allá de las palabras, por haber experimentado la verdad pura, el coraje y el amor que estas mujeres han puesto en todo lo que hacen en sus vidas.