Escrito

Unidad

Emily Walworth ‘10

 

Deslizo los pies por la tierra húmeda. Sentada en una sillita para niños, miro a mi alrededor el grupo de personas que están sentadas o de pie formando un círculo casual. La luz tenue del cielo nublado se filtra por las puertas abiertas a cada lado de la choza, evocando el aura de calma y euforia aplacada que nos rodea en el aire neblinoso. Frente a mí, veo a una mujer vestida con un chal que tiene un elaborado bordado de flores azules y violetas. Un trozo de tela anudado alrededor del cuello y la espalda acuna a un bebé dormido, ajeno a su entorno.

Hace tan sólo tres años que me sumé al Proyecto Chiapas y comencé a vender los productos artesanales de estas mujeres alrededor de Los Angeles. Sentía una conexión distante con las mujeres de las que tanto había oído hablar pero que sólo había visto en fotos. Por fin, el verano pasado, mis compañeras de clase y yo viajamos a Chiapas, región ubicada en el extremo sur de México, para conocer a las mujeres indígenas del movimiento Zapatista, Las Mujeres de Maíz en Resistencia , cuyas mercaderías hemos estado apoyando en Los Angeles. Cada bolsa, bufanda y blusa que vendimos era una obra de arte, tejida a mano y bordada minuciosamente por mujeres que se esfuerzan por lograr su autonomía ante una situación de extrema pobreza y opresión.

Tuve que cambiar de ritmo. Después de ir de un lado a otro de la habitación, de que cada persona dijera su nombre, nos diera la bienvenida y las gracias, la habitación quedó en silencio durante un momento; sorprendentemente, fue un momento de silencio placentero y natural. Nuestro maestro nos había dicho que estas mujeres percibían el tiempo de una manera diferente. Se complacían simplemente con el hecho de ser y estar allí, en lugar de inquietarse por lo que deberían o podrían estar haciendo. Pero mucho más allá de eso, parecían tener una confianza absoluta en sus valores y en su estilo de vida. Un poco perpleja, me preguntaba qué era lo que podía hacer que estas mujeres fueran tan seguras y estuvieran tan unidas cuando había tantas cosas por las que tenían que preocuparse.

De vuelta en Los Angeles, a menudo siento que estoy haciendo algo, planificando hacer algo o preocupándome por algo que debería estar haciendo. Quedarme sentada es sinónimo de estar “aburrida” y generalmente se percibe como algo “improductivo”. En Chiapas, todo parece diferente. No hay apuro; la vida transcurre sin prisa. Siento como si corriera tratando de mantenerme a la par de mi vida, mientras que estas mujeres toman las riendas de sus vidas y las mantienen a su ritmo. Tienen una clase de unión con su mundo y consigo mismas que yo he perdido con las distracciones que acompañan la vida ajetreada en Los Angeles. Constantemente me cuestiono las normas sociales, así como el rumbo y el propósito de mi vida. Sin embargo, las mujeres de Chiapas tienen esa especie de seguridad en sí mismas que he estado buscando.

Estoy tratando de encontrar una personalidad coherente en una cultura acelerada que parece compartimentar todo lo importante. Todo lo que he vivido me ha enseñado a adaptarme a mi situación y, a veces, es difícil encontrar esa parte de mí que se conecta con todo. En la escuela, la faceta de mi personalidad que florece es aguda, perceptiva y motivada para triunfar. Mientras corro de una clase a otra, trato de aprender todo lo que puedo dentro del tiempo que me dan. En cambio, cuando cuido a mi abuela, debo disminuir la velocidad. El hecho de reconocer que sufre de Alzheimer hace que le repita con paciencia por cuarta vez en los últimos cinco minutos que la escuela es excelente, que estoy en el último año y que he estado ocupándome de mis solicitudes de ingreso a la universidad. En esta situación, mi función es simplemente hacerle compañía porque mi presencia la reconforta. Por otra parte, con mis amigos actúo completamente diferente. Hablo y me río con mis compañeras de clase, invento canciones para la Feria de Arte o planifico una excursión al Observatorio Griffith. Años de teatro me han enseñado a sumergirme en una situación, pero pasar rápidamente de cada una de estas facetas de mi personalidad a la otra no me deja tiempo para reflexionar en las cosas desde la perspectiva de lo que hay de “mí” en todas ellas.

No sabía qué esperar de este viaje. Descubrí que Chiapas me ha dado espacio para reflexionar y recuperar una parte de mí que ha estado perdida por un tiempo. Esta parte de mí se toma tiempo para meditar sobre una idea, de manera que pueda comprenderla cabalmente. Con frecuencia me hallo filosofando sobre cómo funciona el mundo, qué piensa y siente la gente sobre las cosas, y por qué actuamos como lo hacemos. A partir de esto me di cuenta de que todas las facetas de mi personalidad están conectadas por mi anhelo de comprender mejor mi vida.

Las Mujeres de Maíz en Resistencia me enseñaron que encontrar un punto central para unir todas las facetas de nuestra personalidad nos da fuerza interior. Esta fuerza interior es la que le da al pueblo indígena de México el poder para luchar por sus derechos y autonomía del gobierno mexicano. Así como estas personas están unidas entre sí, están unidas consigo mismas.