Escrito (1)

Nuevos Vínculos

Haley Menchel ’12

 

Cuando llegamos al taller de Las Ollas, las mujeres nos saludaron con una sonrisa y un suave apretón de manos. Muchas de ellas eran vergonzosas, y las más jóvenes estaban animadas y parecían tímidamente ansiosas por hablar con nosotros. Todas llevaban las ropas más exquisitas que yo haya visto, bordadas con bellísimos colores y finos detalles florales o de fantasía. Tenían un aspecto fuerte y firme, que no se asemejaba en nada a lo que yo estaba esperando.

Nuestra delegación tomó asiento alrededor de las mesas de trabajo en banquitos y sillas de madera. Ninguna de las mujeres se sentó, ni siquiera las de más edad o las que acarreaban bebés. Cada grupo, estudiantes y mujeres de la cooperativa, fue tomando la palabra para presentarse. Las mujeres se reían de nuestros raros nombres estadounidenses, y fue a través de este breve intercambio social, que generalmente se asocia con simple amabilidad, que pudimos iniciar nuestro creciente vínculo… como socios comerciales, como amigos, como seres humanos.

De repente, las mujeres salieron apresuradas hacia la casa principal en busca de bolsas repletas hasta el tope de artículos de lana. En cuestión de segundos, las dos mesas grandes se cubrieron de altas pilas de los más maravillosos monederos, chalecos, pantuflas y mochilas. En el instante en que realmente me di cuenta de lo sensacional que era el trabajo de estas mujeres… levanté la vista. Miré adonde el sonido de la intensa lluvia llevó mis ojos, al techo de plástico y madera que estaba separado de las paredes por un espacio abierto. Después comencé a observar a mi alrededor más seriamente, y al hacerlo me sentí confundida. Vi un espacio con piso de hormigón (algo que sé que es una rareza en estos pueblos), paredes de tablones de madera que no tenían material aislante ni nada que remotamente se le parezca, clavos que usaban como ganchos para herramientas y dibujos que los niños hacían cuando estaban en la escuela. Volví a mirar las artesanías que tenía delante de los ojos. Todo lo que veía se había hecho en esta habitación, era creación de las manos de estas mujeres. Esto es algo que mi mente aún no puede llegar a entender: ¿Cómo puede algo tan bello como lo que estaba viendo provenir de un lugar que tiene un aspecto tan… en fin, tan desesperadamente pobre?

No creo que encuentre la respuesta a esta pregunta, una pregunta que parece retornar a mi mente con frecuencia aún ahora. Apenas creo poder expresar mi confusión en palabras. Lo único que puede acercarse remotamente a una explicación está en las mujeres mismas: representan y expresan los ideales y los objetivos del movimiento zapatista y, más aún, sirven como los principales ejemplos del fortalecimiento de la mujer. No ocultan la cabeza por vergüenza ni mendigan, no permiten que su pobreza les empobrezca el alma. En nuestra cultura occidental, estamos educados para pensar que la falta de dinero es una deshonra y una vergüenza, pero no logramos ver más allá de una cuenta bancaria vacía o inexistente.

Después de elegir entre las mochilas con forma de animales que habían hecho las mujeres y de conversar un rato con ellas, nos invitaron a dar un paseo para ver los campos y las ovejas que tenían. Nos llevaron detrás de su lugar de trabajo, por una pequeña quebrada increíblemente verde, luego subimos una cuesta donde vimos el lugar en el que cuidan a sus ovejas (de las que obtienen la lana que usan para los tejidos) y donde cultivan lo que comen: maíz, frijoles y zapallos. Aquí fue donde pude hacer mis primeros vínculos individuales. Comencé hablando con dos chicas de mi edad, Sofía y Eva. Hablamos de la escuela, del trabajo y los amigos, y yo entendía lo que podía comunicándome en mi escaso español. Me sorprendió ver cuánta alegría había en su comportamiento. Mientras conversábamos, yo seguía mirando a mi alrededor y no podía dejar de pensar: “¿Cómo es que alguien con toda esta responsabilidad, que vive en medio de tanta pobreza, puede ser tan maravilloso, feliz y genuinamente divertido?”. Nunca pude llegar a responder totalmente a esta pregunta. Cuando me volví a ver con Sofía y Eva durante los dos últimos días de nuestro viaje, en el encuentro, me di cuenta de que mientras estábamos juntas allí -riendo, jugando y compartiendo nuestras historias- nuestras diferencias económicas eran irrelevantes. Incluso con mi horrible español y mis torpes movimientos de las manos, pudimos pasar un momento sencillamente estupendo.

Me habían dicho que, cuando volviera de Chiapas, sentiría que había pasado por una transformación sorprendente, que tendría una especie de revelación, pero nunca me sentí así. Nunca tuve un momento de “deslumbramiento”, pero creó que fue porque viví con intensidad cada uno de los momentos. Hice verdaderos vínculos con estas mujeres, personas tan increíblemente diferentes a mí; pero la parte más hermosa fue que, durante los momentos en que estábamos jugando o contábamos historias, ni una vez pensé: Ahora va a suceder, esto es lo que recordaré por siempre y me llevaré conmigo. Estas mujeres son maravillosas, valientes y, aun así, poseen las almas más dulces que haya conocido jamás. Irme de Chiapas no me llenó de pesar porque el viaje se terminaba, porque el tiempo que había pasado llegaba a su fin, sino que me sentía sumamente sensible porque pensaba que, muy probablemente, no volvería a ver a estas mujeres por mucho tiempo, o quizás nunca.

Las relaciones que entablamos con las personas en la vida cotidiana se dan a cada momento; sin embargo, parecemos olvidarnos de ello. Le echamos la culpa a la pobreza, a las diferencias y la tradición, o así parece. Nuestra cultura nos entrenó para estar siempre inventando, modernizando y socializando dentro de nuestros medios. Ir a Chiapas me permitió saborear intensamente los momentos que estuve allí, y eso, para mí, fue mi “revelación”. Los simples apretones de manos y las sonrisas que intercambié con las mujeres con las que aparentemente no tenía nada en común…

Ver a las mujeres de Las Ollas durante el encuentro fue, de lejos, la experiencia más emocionante e intensa que tuve durante el viaje. Había ido a su cooperativa, había visto el lugar donde hacían esas magníficas prendas, y eso me resultó conmovedor. Parecían “no tener nada”; sin embargo, cuando las vi nuevamente durante el encuentro, parecía que lo tenían todo. Ni siquiera recordaba nuestras diferencias mientras cantábamos y bailábamos juntas.

No hay una sola cosa de la que me acuerde y que pueda decir: “Ese fue, ese fue el momento que me cambió”, porque no fue ese tipo de viaje. Fueron las sonrisas y la alegría, las historias que compartimos y los bailes que nos enseñamos mutuamente los que hicieron del viaje lo que fue. Parece un cliché, pero Chiapas fue una experiencia extraordinaria para mí. No puedo dividirla en partes porque fue la gran culminación del descubrimiento de que todos somos personas, independientemente de lo que tengamos o de lo que hagamos. Todos tenemos algo que defender y todos luchamos por ese algo de la mejor manera posible. Las mujeres de Chiapas me enseñaron que vivir sin riquezas tangibles no define necesariamente a una persona. Puede ser un obstáculo, pero lo que es real, lo que importa, es la riqueza que uno lleva en su interior.