Escrito (2)

Reflexiones de una Postpostidealista

Tatiana Spotiswoode ’11

En la escuela, estudiamos las revoluciones en Rusia, Francia y Estados Unidos, hablamos sobre qué es lo que hace que las personas decidan entrar en la política y qué significa tener conciencia y participar. Lamentablemente, el estudio de las revoluciones, a pesar de las mejores intenciones de los docentes, es inherentemente abstracto y, por irónico que parezca, es completamente no revolucionario. No hay nada que contradiga con tanto éxito el espíritu revolucionario como estudiarlo en forma estructurada durante las tardes soleadas del sur de California. Me siento un tanto asqueada al estar aquí, sentada en mi café favorito, bebiendo un capuchino y escribiendo sobre revoluciones en mi MacBook. Puedo sentir el gusto familiar de la hipocresía en la boca; pertenezco inexorablemente a la clase media, y en realidad es muy poco lo que sé.

Por más fascinada que esté con las revoluciones, los personajes con los que me encuentro en los libros de historia me aterrorizan. Su espíritu aguerrido y su fervor ideológico de alguna manera me hostilizan y me hacen sentir dolorosamente consciente de que soy blanca, de clase media y parte cómoda y complaciente de la sociedad moderna. Si me oprimen, la sutileza es tal que soy completamente inconsciente de ello. Lejos de estimularme para la acción, el mundo en el que vivo parece querer hundirme aún más en la apatía. Los productos electrónicos son cada vez más elegantes, y los teléfonos inteligentes, más sexis. Los cines tienen butacas más cómodas. El comienzo del verano me encontró sin una causa por la que luchar, gozando de mi cómoda existencia. Escuchaba sobre las revoluciones en Túnez, Egipto y Libia, y las protestas en Bahrain, Siria y Yemen, y me deprimía que nada de eso pudiera pasar aquí. La grandeza y la poesía de una verdadera revolución nunca podrían tener lugar en un mundo en el que las camisetas del Che Guevara son una banalidad de moda y Farmville tiene más de 80 millones de usuarios al mes.

Eso fue lo que resultó tan increíble de nuestro viaje a Chiapas.

Había intentado prepararme para este viaje. Había mirado documentales sobre el levantamiento y la masacre en Acteal. Me había enamorado del encanto y el misterio guevariano del Subcomandante Marcos. Al mismo tiempo, creo que sentía resentimiento por el progreso aparentemente lento del movimiento zapatista, quizás como consecuencia de mi formación cultural, mi deseo de resultados instantáneos, de cambios notables. Quería que los zapatistas hicieran cosas drásticas, que emergieran de sus Caracoles y se pusiesen de alguna manera en acción, en lugar de ocuparse lentamente de la organización y la administración. Ahora veo que esto es tanto parte de su filosofía como resultado de ella.

El segundo día de nuestro viaje, el grupo escuchó a un orador hablar sobre la falta de comunidad en los Estados Unidos y sus propios intentos de iniciar movimientos comunitarios entre las familias y los trabajadores indocumentados de Chicago. Sin estar segura de si estaba expresando los sentimientos del grupo o solo mis propias inseguridades, dije lo que me había estado preocupando todo este tiempo sobre nuestra participación en la revolución: mis sensaciones de complacencia, apatía y postidealismo. Me corrigió con bastante aspereza: el postidealismo, dijo el orador, es un lujo de la clase media. Los trabajadores de Chicago, y los zapatistas, no tienen tiempo ni recursos para sentarse a leer Camus y lamentarse de su falta de orientación.

Fue una manera increíble de comenzar el viaje. Liberarme de mi carga y ensimismamiento grotescos y, en su lugar, sumergirme en la transparente sinceridad del zapatismo. No había hipocresía. No había el tedio de la clase media ni el lujo de la duda. Los zapatistas no habían leído a Locke ni a Rousseau, pero sabían mucho más de construir los cimientos de una sociedad de lo que nosotros podríamos aprender leyendo y estudiando. A ningún zapatista le preocupaba saber si los zapatistas eran figuras lo suficientemente románticas. Los hombres y las mujeres que conocimos en Chiapas eran ambiciosos pero prácticos, dignos pero humildes.

Aunque a muchos de nosotros nos preocupaba que nuestra presencia fuera una imposición en las comunidades zapatistas, nos hicieron sentir bienvenidos no como turistas ni como aliados políticos, sino como prójimos y participantes en la lucha global por la autonomía, la integridad y el respeto. Nadie intentó hacer proselitismo con sus creencias, se presentaron como lo que son, sin un plan previo. Nunca me había encontrado con seres humanos tan poco románticos y tan absolutamente interesantes. Lejos de sentirme desilusionada por no toparme con la revolución de libro de cuentos de Hollywood con la que había fantaseado, no podía creer cuánto palidecía esa imagen frente a una realidad infinitamente más compleja y atractiva. Mucho más que simplemente impresionada, lo que me sentí fue enormemente conmovida por el profundo sentido de moralidad y responsabilidad que los zapatistas demostraban entre sí y hacia el mundo que los rodea. Espero haber podido traer con nosotros al menos una parte de ese espíritu.