Escrito (3)

La velocidad del caracol

Itxy Quintanilla ’12

Han transcurrido casi dos semanas desde que regresé a Los Ángeles después de mi estadía en Chiapas. Fueron días memorables que cambiaron mi vida para siempre. Es difícil expresar con palabras la mezcla de emociones que me embargaron cuando salí del aeropuerto y avancé hacia el ritmo vertiginoso y vibrante de un martes por la noche en Los Ángeles. Me abrumó la velocidad de esa ciudad en la que todo transcurría a la vez. La idea de hacer muchas cosas al mismo tiempo parecía sobrenatural. En cualquier lugar donde posara mis ojos, encontraba acción constante: automóviles que hacían sonar sus bocinas, personas que hablaban a toda velocidad, destellos de luces, elevadores que llegaban, las ruedas de los equipajes que giraban sobre el piso, música, goma de mascar, risas, llantos. Tantos estímulos me sobrepasaban. ¿Dónde había quedado la quietud de los paisajes? ¿Dónde estaban las colinas verdes? ¿Adónde habían ido las vacas y las cabras que pastaban en los campos?

Mi madre me hacía preguntas que yo no podía responder. Mi hermano conducía, hablaba e intentaba enviar mensajes de texto: todo al mismo tiempo. Yo estaba sentada con mi bolsa de dormir en el regazo, confundida y abrumada por la velocidad y la cantidad de cosas que estaban ocurriendo. No podía prestarles atención. Mi mente aún estaba en Chiapas; aún estaba viajando a la velocidad de un caracol. Solo podía mirar por la ventanilla para ver un cielo oscuro, contaminado por luces artificiales y letreros. Estaba anclada al mundo de Chiapas, y estar nuevamente en casa no me producía ninguna emoción.

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Estaba afuera, mirando a una de las personas más poéticas e inspiradoras que conocí en mi vida —Julio, el conductor de la camioneta— alejarse en su motocicleta con su hijo, cuando escuché que alguien dijo: “¡Erica se va!”. Erica tiene diez años, y en mis últimos días en Chiapas, nos hicimos muy amigas. Ya le había explicado que yo debía regresar a Los Ángeles, pero no había tomado total conciencia de que eso significaba que, probablemente, no volvería a verla nunca más. Vi que los ojos se le llenaron de lágrimas cuando se despidió de todos, pero pude adivinar que estaba haciendo un gran esfuerzo para ocultar su emoción. Cuando la abracé, sentí que sería la última vez. La idea de no volver a verla me causó dolor. Nunca había sentido algo así. Y tomé plena conciencia de ello cuando su madre me abrazó y me dijo, gentilmente, en español: “Fue un placer conocerla. Que tenga una buena vida”. Entonces comprendí lo que estaba ocurriendo. “Que tenga una buena vida”. En las despedidas, estoy acostumbrada a escuchar “nos vemos”.

Era difícil aceptar que, probablemente, nunca volveríamos a cruzarnos. Nuestros mundos son absolutamente distintos, pero de algún modo, nos encontramos a mitad de camino y construimos una verdadera amistad. Ella volvería a su aldea con su familia, y yo regresaría en avión a la mañana siguiente. Aunque solo había pasado dos días con Erica y su familia, sentía que los conocía de toda la vida. Y pese a todo, tengo la esperanza de volver a verlos.

En solo nueve días, llegué a apreciar y respetar a muchos hombres, mujeres y niños. Es admirable el tiempo que se toman para cada palabra, cada movimiento, cada risa, cada gesto. En la vida agitada que llevamos, son pocas las personas que se toman este tiempo. La paciencia ya no se considera un atributo importante, y las distracciones nos mantienen ocupados. Muchas veces, estamos tan abocados a nuestra propia vida que nos olvidamos de que existen otras personas. Y al no darnos cuenta de esto, nos volvemos egocéntricos y egoístas.

Además de otros miles de cosas que aprendí en Chiapas, me di cuenta de lo importante que es darse el tiempo para salir por un momento de la propia vida y detenerse a pensar. Son tantas las cosas que ocurren a nuestro alrededor que, muchas veces, nos olvidamos de hacer lo más simple y esencial: pensar. Nos olvidamos de darnos el tiempo para pensar en los demás, tiempo para valorar el ritmo lento de la naturaleza, tiempo para respirar.