Escrito (1)

Acteal

Zeke Goodman ’12

En Acteal, lo primero que advertí fue la inmensa belleza de las montañas y las faldas de montañas que la rodeaban. No podía creer que algo tan espantoso —la matanza de 45 pobladores de la localidad, en su mayoría, mujeres y niños, que se produjo en 1997— hubiera ocurrido en un lugar que parecía inmaculado. Bajamos por los escalones que se habían construido sobre el mismo camino que habían utilizado los paramilitares (al enterarme de esto, sentí repulsión) y llegamos a un anfiteatro donde un amplio grupo de personas sentadas participaban de una ceremonia funeraria conducida por sacerdotes. Algunos participantes bajaban al centro del anfiteatro y hablaban al grupo en español o en tzotzil. Aunque yo no comprendía lo que decían, estaba claro que se referían a cómo esta masacre los había afectado a ellos mismos o a sus seres queridos.

Había un letrero con los nombres de las personas asesinadas, con una sección especial para los niños. Cerca de allí, varios niños pequeños jugaban sobre una colina de césped, y por momentos, corrían alrededor de los sectores de asientos. A nadie parecía preocuparle que los niños jugaran mientras se desarrollaba un acto tan solemne. Me impactó el contraste entre crecimiento y vida por un lado, y destrucción por otro. Estos niños estaban jugando exactamente en el mismo lugar en que, un día, otros niños debieron refugiarse en una iglesia, intentando escapar de su terrible destino.

En grupos de tres o cuatro personas, salimos del anfiteatro para visitar la iglesia donde se había producido la matanza. Era, en esencia, una cabaña de madera, que se había conservado intacta después de la masacre: se podían ver los orificios de las balas y los paneles destrozados que algunas mujeres habían roto para escapar. Una vez más, me asombré al observar —desde la parte más alta del terreno, donde se erigía la iglesia— la colina por donde habían descendido las mujeres para escapar de la muerte, y ver solamente las onduladas laderas verdes de las montañas. Aún no lograba comprender los tremendos hechos que se habían producido allí.

Al volver al anfiteatro, un coro de adolescentes indígenas comenzó a cantar, en español y en tzotzil, canciones que parecían ser himnos. En medio de una de sus canciones, un grupo de hombres indígenas de más edad, que tocaban cuernos, tambores y una serie de instrumentos artesanales de cuerda, bajaron por las escaleras del anfiteatro desde una iglesia. Los dos grupos de músicos no estaban coordinados, pero solamente quienes no pertenecíamos a esta comunidad parecíamos encontrar algo extraño en el conflicto entre las melodías suaves y dulces que interpretaba el coro y ese otro ruido crudo y discordante que se asemejaba al grito de un animal más que a cualquier otra cosa. Había algo caótico y profundamente emotivo en aquel momento, pero entonces no podía identificar qué era lo que desencadenaba esos sentimientos.

Los cantos cesaron, y todos los participantes de la ceremonia fuimos guiados hasta una cripta que se encontraba debajo del anfiteatro. Sobre una amplia pared, frente a un monumento conmemorativo compuesto por flores, velas y piedras que se encontraba en el otro extremo de la habitación, había un gran mural que representaba las luchas de los indígenas y una profunda tristeza. Todos bajamos las escaleras que conducían a este monumento, y hombres y mujeres se dividieron en dos grupos. Nos arrodillamos de cara a la pared. Después de algunos ensalmos, los hombres indígenas comenzaron a tocar nuevamente, y las demás personas cantaban, oraban y lloraban. Un anciano que estaba frente a mí dejó de tocar el cuerno y comenzó a sollozar mientras acariciaba la pared que tenía enfrente. Era muy posible que hubiera perdido a su esposa y sus hijos en la matanza. Después de expresar su pena, todos se levantaron y comenzaron a caminar por el lugar, mientras miraban los murales y los monumentos conmemorativos, o simplemente hablaban en voz baja entre ellos.

Me sentí profundamente conmovido, pero pasó algún tiempo hasta que pude comprender el significado de esta ceremonia. Este tipo de exhibición pública y compartida de la pena no es común en los Estados Unidos. Parecía destacable que estas personas se hubieran tomado el tiempo para recordar la terrible pérdida que habían sufrido y reflexionar sobre ella, tal como lo hacían todos los meses. Pero aún me sentía confundido por el significado emocional del caos de la misa.

Repasé los hechos en mi cabeza, y mis otras experiencias en Chiapas, y llegué a darme cuenta de lo que significaban el caos y los contrastes en la ceremonia. El coro expresaba los antecedentes culturales del pueblo de Acteal y Chiapas: son un pueblo maya muy antiguo, de gran fortaleza, dueño de una rica historia. Los músicos de mayor edad, por otro lado, exteriorizaban más la pena, la lucha y la tristeza que ha atravesado este pueblo: el efecto emocional de las atrocidades. Estas personas sienten orgullo y dolor a la vez.

Era extraño ser un observador —casi un turista— de esta especie de exhibición emocional, pero parte del significado que esta ceremonia tenía para la comunidad era que nosotros no fuéramos meros testigos, sino que la compartiéramos con ellos. La misa es para recordar a las víctimas de la matanza, pero también para brindar reconocimiento a todas las personas de Chiapas que, de un modo u otro, han resultado víctimas de este hecho. La misa es su mensaje al mundo y a ellos mismos. Es para recordarles a todos que saben cuál es su identidad: han sufrido, han luchado, y aun así han sobrevivido para recordar a los que murieron, y para seguir luchando por ellos. Así como a los niños no se les dijo que dejaran de jugar, el dolor y los obstáculos no pueden impedirles vivir, con fortaleza y plenitud. A pesar de su dolor, siguen adelante.