Escrito (2)

La tortuga y el caracol

Will Bahr ’13

Mientras intentaba abrigarme mejor cubriéndome los hombros con una manta artesanal, intenté adivinar quién era quién en el amplio círculo de aproximadamente veinte rostros que se ocultaban en la noche fría de Carolina. Mis manos pequeñas y rojas sostenían un candelero de bambú de color verde intenso. A mi lado, sobre el pasto húmedo, descansaban los variados objetos que había seleccionado de la “manta de los regalos”: un recipiente fabricado con madera quemada, un cinturón hilado en blanco y azul, y dos cuchillos. Uno de los cuchillos medía casi diez pulgadas de largo, estaba forrado con cinta aislante violeta y tenía un mango con forma de espiral. El otro era mucho más pequeño y se dejaba adivinar detrás de una funda de cuero pintado. Excepto el cuchillo más pequeño, todos estos obsequios, incluso la funda, habían sido fabricados, unos días antes de la visita, por la misma persona que me los ofreció. Y así comenzó mi última noche en Turtle Island, una reserva de conservación de especies naturales, orientada a la supervivencia, que se encuentra enclavada en los bosques de Carolina del Norte. Dos veranos más tarde, tuve una experiencia sorprendentemente similar a esta, en otra noche final en Chiapas, México.

Turtle Island no es una isla en sentido geográfico. Su nombre deriva de un mito de los pueblos originarios de los Estados Unidos, en el cual una enorme tortuga decide elevarse desde las aguas de un planeta Tierra completamente inundado y continuar sosteniendo la vida sobre su espalda. La idea de este mito es que la tierra de nuestro planeta es la parte del caparazón de esta tortuga que no está bajo el agua. Una segunda interpretación: en la declaración de misión de la reserva, se establece que es “en sentido figurativo, una isla de parque natural en medio de un mar de desarrollo y destrucción”. La isla es también una granja con múltiples funciones en la que viven muchas personas, como su fundador Eustace Conway. La autosuficiencia de la isla, así como su sentido de espiritualidad, el impulso hacia la conexión con la naturaleza y el rechazo a la economía del gobierno, son características que observé, de manera similar, en todos los lugares de Chiapas.

En nuestro segundo día en México, recorrimos una universidad autónoma en las afueras de San Cristóbal (CIDECI). Fuimos la primera delegación de Oakwood que hizo esta visita. Me embarré las botas caminando por campos de cultivos y talleres de donde emanaban fuertes olores: la escuela —gratuita para los jóvenes indígenas que conforman el cuerpo estudiantil— se sustenta en su totalidad con sus propios recursos. Esto es posible, en gran medida, gracias a los estudiantes mismos que, al no estar condicionados por la amenaza que implica tener que pagar por su educación, han dominado las artes que se enseñan en la escuela para garantizar su continuidad: la construcción de todos los edificios, los campos de cultivos e incluso varios autos son obras de este grupo de estudiantes. Después de pasar un período de entre seis meses y dos años en la universidad, los estudiantes regresan a sus aldeas para enseñar a sus comunidades las habilidades que han perfeccionado (por ejemplo, pintura, hilado y música), con el fin de ayudar a paliar la pobreza, que es un problema tan agudo y tan generalizado en el estado.

Turtle Island tiene un objetivo similar para los estudiantes que la visitan, a quienes cree empobrecidos en otro sentido del término: considera que a ellos les falta enriquecerse como personas y ser amables en su vida. Aquí parece surgir una interesante paradoja: la pobreza en los Estados Unidos, si bien es real, es radicalmente distinta de las necesidades extremas que se observan en Chiapas. Pero aun así, en el estado mexicano se observa una pasión por la vida y una actitud positiva respecto de su situación que rara vez he hallado en los Estados Unidos.

Más tarde, en Chiapas, Julio César (revolucionario zapatista, poeta/narrador y extraordinario conductor de camionetas), nos contó una historia mientras esperábamos en un caracol, bajo los rayos húmedos del sol abrasador de México, para reunirnos con la Junta de Buen Gobierno, elegida democráticamente por los pobladores de la zona. Hay un caracol —una especie de centro zapatista— por cada una de las cinco zonas en que está dividido el territorio zapatista. Julio apaciguó nuestros espíritus encendidos e irritados con un relato fantástico, que no era muy diferente de la leyenda de la tortuga: hace millones de años, el caracol era la criatura más veloz de la tierra, y recién cuando apareció el calendario humano comenzó a ser considerado como un animal lento. La moraleja de la historia es que la revolución de Chiapas, que se ha frenado significativamente desde que comenzó en 1994, debe considerarse con paciencia. Tanto los revolucionarios de Chiapas como los profesores de Turtle Island entienden que el ritmo actual es un enemigo real de sus causas, y ese ritmo es promovido, en gran medida, por los intereses de las empresas y el gobierno. Ambos expresan la importancia de la conexión con la naturaleza, y la importancia de llevar una vida con un ritmo más relajado.

En Carolina del Norte, dedicamos varias horas de nuestro último día a la terminación de los elementos que habíamos fabricado en las dos semanas anteriores —coser bolsas de cuero, colocarles las patas a asientos hechos con troncos— para luego disponerlos sobre una manta, en un campo, para la apertura de la ceremonia de despedida que se realizaría más tarde ese mismo día. Teníamos que colocar sobre la manta los elementos que consideráramos más significativos para nosotros. Al día siguiente, mientras miraba a mis amigos canjear bastones por frascos de mantequilla de cacahuate, me aferré a mis regalos, convencido de que la persona que me los había ofrecido había dedicado a cada uno de estos objetos largas horas de trabajo con sus propias manos. Recién ahora advierto que las mujeres de Chiapas constantemente colocan sus artesanías —que para ellas están llenas de significado— sobre una manta internacional, sin esperar un regalo similar a cambio.

En nuestra última noche en Chiapas, además de los emotivos discursos y abrazos de despedida, intercambiamos pinturas que habíamos hecho varias horas antes, y así finalizamos nuestra estadía con ellos. La mayoría de los estudiantes habían terminado las pinturas en una hora, las pusieron a secar y se fueron a jugar con los niños o a dormir la siesta. Las mujeres dedicaron horas a sus pinturas, y en muchos casos, trazaban dibujos invisibles sobre la tela, con los dedos, antes de siquiera tomar un pincel. Y casi todas encontraron, en algún lugar de su obra, espacio para una flor.