Escrito (1)

Un mundo, muchos mundos

Jack Graddis ‘14

1044878_10201507714398635_1194651697_n Durante casi una semana antes del viaje a Chiapas, estuve más nervioso que entusiasmado. No hay dudas de que tenía ganas de ir, pero el solo hecho de pensar que podía enfermarme me ponía en un estado de ánimo extraño. Incluso después de horas de viaje en avión, mientras miraba por la ventanilla los bancos de nubes y la selva, pensaba: “¿En qué me estoy metiendo?” No era que me arrepentía de ir, sino que simplemente no sabía qué esperar. Mickey no nos había contado mucho, y a mí me preocupaba que una enfermedad me perturbara y no pudiera apreciar o aprender todo lo posible del viaje. Al final, me enfermé, pero cuando pienso en el viaje, lo menos que se me viene a la mente es haber estado descompuesto en el baño.

Lo primero que recuerdo es la belleza del paisaje. Una antigua ciudad española situada en una depresión con forma de “tazón” en la cumbre de una montaña. Cada mañana, las nubes llenaban la depresión, y el sol lentamente las evaporaba y dejaba traslucir el verde exuberante de las montañas. Nos perdimos casi todas las veces que salimos de Junax (donde nos alojábamos), porque no sólo había montañas similares en cualquier dirección, sino que también había dos iglesias muy similares con escalinatas, en dos partes diferentes de la ciudad. Nos desorientábamos en el laberinto de adoquines brillantes de piedra y cemento, y luego de alguna manera encontrábamos un grafiti o una tienda que habíamos visto antes, y así podíamos encontrar el camino de vuelta a la hostería. Nuestros viajes en automóvil por el campo me dejaron maravillado. Maizales descollaban en las laderas de montañas empinadas. Vacas, cerdos y perros deambulaban al costado del camino. A veces, la selva se hacía menos densa y dejaba entrever el valle de abajo. Era increíble. Pero por más maravilloso que era todo esto, no reflexionábamos sobre el paisaje tanto como en la filosofía.

Dos ideas parecían dominar nuestros debates. La primera era que nosotros, estudiantes estadounidenses, y ellos, granjeros mexicanos, zapatistas y trabajadores textiles, habitábamos mundos profundamente diferentes. La segunda idea era la necesidad de crear un “mundo en el que cupieran otros mundos”.

Las personas de mi mundo generalmente buscan el estatus, e incluso, riqueza monetaria. Venimos de una gigante urbe descontrolada, en la capital del consumo del mundo; ellos viven en diminutos poblados comunitarios en las montañas. En su mundo, el énfasis es preservar su cultura y estilo de vida. Tienen un sistema de gobierno diseñado para asegurar que cada miembro de su comunidad tenga el mismo estatus, mientras que cada uno contribuye actuando como líder de la comunidad. Cada aldea que visitamos se manejaba claramente en un mundo diferente del nuestro.

Un “mundo en el que cupieran otros mundos” era más difícil de encontrar, pero lo hallé en el Encuentro en San Cristóbal, durante nuestros últimos dos días en Chiapas. Era una combinación de reunión y fiesta con las Mujeres de Maíz en Resistencia. Dado que no se celebraba en sus aldeas, ni en nuestra ciudad de origen, no estábamos en su mundo y ellos no estaban en el nuestro. Como resultado, pudimos crear nuestro propio mundo pequeño en el que cupieran cada uno de nuestros respectivos mundos. Los juegos en los que participamos para conocernos facilitaron este proceso. Vencer las barreras del idioma y aprender los nombres de cada uno nos unió, y muy pronto estábamos riéndonos, cantando, comiendo y aconsejándonos mutuamente. Nuestros mundos se fundieron de alguna manera. Fue notable que pudiéramos crearlo en tan poco tiempo. Me sentía absolutamente cómodo con un grupo de personas que recién había conocido el día anterior. Alcanzamos un nivel de intimidad que me dejó perplejo; cuando me distendí la pierna, me pareció natural que una extraña, una de las mujeres indígenas, me ofreciera un masaje.

Cuando representábamos nuestras obras satíricas, pude notar claramente que al mismo tiempo éramos de diferentes mundos pero estábamos en el mismo mundo. Llegamos a entender (y a representar) parte de sus vidas diarias y ellas hicieron lo mismo con las nuestras. Nos vestimos de mujer y ellas de hombre. Se reían haciendo de nosotros y nosotros nos reíamos haciendo de ellas. Esto me llevó a pensar en ideas simples pero importantes: lo fantástico que sería si se pudiera crear una comunidad en la que todos los mundos cupieran de esta manera, y cuántos de los problemas mundiales se podrían solucionar si todos actuáramos con tanto afecto hacia los demás.

Pronto llegó la hora de partir, e intercambiamos los últimos saludos de despedida. Este fue el momento en el que “nuestro mundo dentro de un mundo” brilló con el máximo esplendor. Nuestros mundos no se habían separado aún, y cuando entre lágrimas expresamos preocupación por lo que estábamos dejando atrás en Chiapas y las dificultades que enfrentaríamos al volver a casa, nos aconsejaron. Nos dijeron: “Hay una solución para cada problema, una respuesta para cada pregunta”. Al pensar en este consejo, me di cuenta de que nuestras dudas sobre encontrar una comunidad similar en Los Angeles eran injustificadas. No es que Los Angeles sea un lugar completamente insensible; sólo es grande. Es posible crear un mundo en el que quepan otros mundos: “otro mundo es posible” (lema zapatista). Simplemente tenemos que intentarlo.