Escrito (2)

Compartiendo sentimientos

Emma Ayzenberg ‘14

 

photo Bajé las serpenteantes escalinatas que llevaban a un anfiteatro, mirando desde arriba las diferentes capas de árboles y los valles de la selva tropical de Chiapas con las nubes danzando sobre mi cabeza, y me senté con la comunidad de Acteal para compartir su misa conmemorativa. La suave belleza del paisaje y la brisa tenue parecían fuera de lugar mientras el párroco oficiaba la misa, a la que estaban invitados los extranjeros que estaban realizando proyectos de justicia social en todo Chiapas. Después, todos fuimos a la tumba colectiva y presenciamos las manifestaciones de dolor de la comunidad. La mujer indígena a mi lado lloraba suave y silenciosamente detrás de su vaporoso pañuelo de cabeza. Rezaba en tzotzil, con palabras delicadas y reprimidas que anhelaban ser escuchadas pero que no esperaban una respuesta. Su llanto silencioso me conmovió; quería consolarla pero sabía que no podía ni debía, y eso me hacía sentir intranquila. Era un desasosiego que pensé que era apropiado, podía tolerarlo. Su respiración se tornó más profunda y densa, y sus sollozos más angustiados, pero sus palabras siguieron siendo esperanzadoras y sinceras.

Me dio casi envidia ver cómo se recomponía en medio de su tristeza. Ella no dramatizaba su lucha; reconocía que era una parte importante de su vida y no parecía sentir vergüenza ni culpa por compartirla tan íntimamente conmigo, una extraña. Yo no entendía por qué me conmovía tanto una mujer que no conocía, una mujer que no me había contado nada de su historia, que no hablaba mi idioma. Durante los últimos dieciséis años, el día 22 de cada mes, su comunidad ha conmemorado a las víctimas de una masacre de 45 mujeres y niños en manos de los paramilitares en 1997, y ha compartido su permanente dolor. La franqueza de esta mujer no me abrumaba, sino que me generaba empatía.

Sin embargo, estaba confundida y me sentía incómoda de alguna manera conmigo misma. Me vi envuelta en la búsqueda de una forma de expresar mis más íntimos sentimientos que fuera natural, pública y auténtica. Quizás simplemente deseaba poder compartir mis más profundas emociones como lo hacía esta mujer, como lo hacía su comunidad. Pero también quería comunicarle a ella, a todos ellos, que estaba escuchando. Quería que la mujer y su comunidad se sintieran tan cerca mío como yo de ellos, y esto me hacía sentir vulnerable. Parte de mi dificultad para expresar públicamente asuntos arduos y angustiantes ha tenido que ver con el miedo a exponerme ante quienes me rodean. Por eso valoré aún más estar en presencia de los indígenas durante su plegaria, porque se habían vuelto vulnerables ante mí. Me sentía cómoda con ellos porque su cultura creaba un entorno en el que todos estaban igualmente expuestos, lo que hacía que mi desasosiego se sintiera normal y natural. Su sentido de franqueza comunitaria los acerca, porque demuestra una clase de confianza mutua entre los miembros de la comunidad.

Ahora que estoy en casa, busco esa misma franqueza como compositora y cantante. Quiero recrear la sensación de exposición, sinceridad y confianza mutuas con mi público, ya sean amigos íntimos o completos extraños. Ser sincera con quienes me rodean y gradualmente aceptar lo que me hace sentir vulnerable me ayuda a desdibujar la línea que separa mi vida pública de mi vida privada, para poder tener relaciones más profundas y más genuinas.

Mi experiencia en Acteal me ha ayudado a ver que el tipo de conexión humana auténtica que busco requiere un cierto grado de exposición personal. No es necesario conocer toda la vida de otra persona para establecer este tipo de conexión, simplemente es necesario estar allí, acompañando en el duelo de la pérdida de un ser querido o cantando tu propia canción sobre desilusión y dolor. Y la voluntad de mostrarte tal como eres a otra persona viene con la voluntad de confiar, comprender y amar.