Escrito (1)

Ponerse cómodo

Emily Garrett ’16

emilygarrett Un delgado rayo de sol se escurrió a través de una pequeña grieta en una de las vigas de madera, como si hubiera tenido la intención de despertarme. Pero yo ya estaba despierta y ansiosa. Formaba parte de una delegación de estudiantes de Oakwood que había viajado a Chiapas, México, para participar en una visita de dos semanas a los líderes zapatistas y a las mujeres indígenas cuyas artesanías vendíamos en Los Ángeles desde que yo estaba en 10.° grado.

Habíamos recibido la aprobación de los dirigentes del caracol, uno de los cinco centros políticos zapatistas, para pasar la noche en uno de sus dormitorios y luego reunirnos con la Junta. Cuando llegamos, caía una copiosa lluvia sobre los débiles techos de chapa. Pasé las dos horas siguientes tratando de conciliar el sueño, escuchando el sonido de las gotas de lluvia que parecían balas: ping, ping, ping. La repetición hacía crecer aún más mi ansiedad y el estallido de cada trueno me sacudía por dentro y por fuera. Me encontré a mí misma riendo nerviosamente y con el estómago revuelto y haciendo ruidos extraños. Los rayos del sol me despertaron para revelar la realidad que me rodeaba: un frío piso de cemento en un pequeño campamento en algún lugar de la selva, en el límite con Guatemala. Me sentía muy descompuesta por una enfermedad estomacal que afecta comúnmente a los viajeros de la zona, y mi único recurso era un agujero que hacía las veces de inodoro. No conocía el idioma de los indígenas y sentía una soledad indescriptible. Ese día, los nervios me habían destrozado.

A medida que mi salud mejoró, recorrí el caracol y me obligué a hablar con los hombres y las mujeres zapatistas en mi precario español. Me trataron con enorme calidez y paciencia, como si fueran viejos familiares. Su aspecto físico curtido era el fiel reflejo de su historia, de la dura realidad de su vida. Habían elegido abandonar sus hogares y crear una vida nueva, desarrollando comunidades en protesta por el modo en que el gobierno los había tratado. Me impactó su orgullo y su determinación ante la pobreza extrema: se habían sumado al movimiento zapatista y habían establecido comunidades autónomas completamente independientes del gobierno mexicano.

Escuché que me llamaban por mi nombre, me pidieron que ingresara sola en la sala de la Junta. Estaba empapada por la humedad espesa y pegajosa, y otra vez sentía el estómago revuelto. Fui la primera estudiante que ingresó en la oscura sala sin ventanas, y vi a un hombre con un pasamontañas de lana negro —lo cual resultaba increíble con ese calor— que estaba sentado solo en una mesa desvencijada. Aunque no hubiera existido la barrera idiomática, habría dudado de mi capacidad para comunicarme con este extraño de aspecto tan amenazante. A medida que me acercaba lentamente a él, mi corazón se aceleraba cada vez más. Cuando extendió la mano y me hizo una seña para que firmara en un papel (la Junta lleva un registro de los visitantes estadounidenses), me tembló la mano y ya no pude evitarlo. Pero luego, levanté la cabeza y me encontré con su mirada. De algún modo, a través de la máscara, vi la calidez que se reflejaba en la comisura arrugada de sus ojos. Era claro que estaba sonriendo y, en ese momento, se produjo una conexión inmediata, sin palabras. “Bienvenida”, me dijo, y comenzó a preguntarme por qué había llegado hasta allí. “Para darles mi apoyo”, respondí. Me explicó que los zapatistas usan máscaras porque creen que el gobierno mexicano no los considera plenamente como personas. Eligieron, como conjunto, cubrirse el rostro hasta tanto su situación cambie. Había tanto más para decir, pero pensé que era suficiente, y no me equivoqué.

Un mes después de haber regresado a casa, organicé una fiesta a beneficio de Chiapas, para vender los productos artesanales de sus mujeres. Comencé a desenvolver las bolsas, bufandas y manteles hechos a mano, y me quedé en silencio. Las etiquetas de papel que colgaban de cada producto se agitaban como las páginas de un libro de cuentos. Cada una de esas etiquetas escritas a mano contaba la historia de la mujer que había creado ese objeto y cuántas horas de trabajo le había dedicado. Vi una imagen de cada mujer y recordé sus historias. Espero poder despertarme nuevamente sobre ese piso de cemento frío el año próximo, con menos temores, y dispuesta a esperar para conversar otra vez con esas mujeres.