Escrito (3)

Escuchando

Caroline Weinstock ’16

Caroline Weinstock2015Había estado sentada, durante tres horas, en la sofocante humedad de un sendero de tierra en la selva de Chiapas, México. Nuestro grupo de estudiantes estaba esperando que el consejo zapatista aceptara sentarse con nosotros y conversar sobre su trabajo. Cuando los miembros del consejo finalmente nos saludaron, no se disculparon por la espera. Traté de dejar de lado mi enojo por esas tres horas; sentía una especie de vanidad por cómo yo hubiera manejado la situación. Y estaba bastante segura de que pronto les brindaría el honor de conocer mis ideas occidentales sobre la organización y la urbanidad. Hice un segundo viaje a Chiapas el verano pasado para comprobar que estaba absolutamente equivocada.

Escuché hablar de Chiapas por primera vez porque mis compañeros de clase y yo habíamos estado vendiendo las artesanías realizadas por sus mujeres indígenas a californianos de alto poder adquisitivo, y enviábamos el dinero recaudado a estas mujeres. Hace dos veranos, finalmente fui a Chiapas a conocerlas. Al principio, me sentí agobiada por estar en un lugar tan diferente, en el cual las instalaciones de plomería eran un lujo y el tiempo no era más que un mero concepto. Mi reacción –en realidad, mi defensa– fue el alejamiento. Me sentía ahogada por las emociones, temía no estar a la altura de las dificultades que planteaba este viaje.

Los retos eran abrumadores. Asistimos a una misa que se celebraba todos los meses para conmemorar la pérdida de 45 mujeres y niños en la localidad vecina de Acteal —la mitad de la población de esa aldea— en una masacre cometida por una organización paramilitar en 1997. Nos sentamos en medio de estos extraños que lloraban por sus seres queridos. Yo estaba aterrada; temía no poder comprender nunca a estas personas y su cultura, no poder entender sus dificultades desde dentro. ¿Cómo podría hacerlo? Aun en una aldea desolada, empobrecida, a miles de millas de distancia de mi hogar, sabía que podía irme cuando lo deseara.

Antes de este primer viaje, mis amigos y mi familia habían hablado muchísimo sobre mi “sensibilidad humanitaria”. Pero, a decir verdad, yo no era merecedora de ese elogio. Tenía una actitud mental demasiado tendiente a creerme una “salvadora blanca”. Finalmente, por supuesto, no “salvé” a nadie; en parte, porque la idea en sí era errónea, y en parte, porque continué con la misma reticencia, debilitada
por mis inhibiciones.

Decidí regresar a Chiapas al verano siguiente, quizás por la frustración que me dejó la experiencia del primer verano, quizás porque esperaba poder sentirme menos extraña esta vez. Traté de despojarme de un sentimiento de conmiseración que, en el mejor de los casos, era sentimental. Al inicio, nuestro grupo se reunió con un organizador de la comunidad local que me ayudó a enfrentar esos sentimientos. Nos dijo a todos que dejáramos de lado la fantasía de que podríamos salvarlos con nuestras visitas de dos semanas y nuestra compasión. Como mucho, estábamos tratando heridas superficiales.

Exageraba, pero era necesario que comprendiéramos la importancia de la autonomía en su mundo. Me senté en una sala donde estábamos a 115 grados, cara a cara con un grupo de hombres y mujeres indígenas que tenían pasamontañas negros, con lo cual simbolizaban que se sentían invisibles para el mundo mexicano oficial. Hablaron sobre la dignidad que sentían al reunirse en ese “horno” en lugar de en oficinas con aire acondicionado como las del “mal gobierno”, y me di cuenta de que no se veían a sí mismos como víctimas de un mundo represor ni de su pobreza. Pero aun cuando mi conmiseración se volvía más profunda y se transformaba en algo más cercano a la empatía, reconocí las limitaciones del papel que estaba cumpliendo allí.

Después de dos veranos en Chiapas, aún estoy tratando de determinar qué lugar podría tener yo en su sociedad, si es que puedo tener alguno. No obstante, sé positivamente que el primer paso es aprender y respetar los ritmos de esa sociedad, sus presunciones morales y la dignidad de las personas que, al recibir un mínimo de libertad, descubrirán por sí mismas cuáles son sus talentos. Quizás, lo máximo que podemos hacer los extraños como nosotros es ayudarles a crear un lugar seguro y equitativo, y brindar acceso a los recursos que necesitan para aprovechar plenamente su libertad.