Escrito (2)

Gracias

Cooper Reed (’17)

IMG_0036Es difícil poner en palabras mi experiencia en Chiapas porque de cierto modo aún estoy absorbiéndola, internalizando mis experiencias e intentando sacar provecho de las lecciones que puedo aplicar a mi vida. Aunque quizás este no es el objetivo. Como nos decía Mickey a menudo, “Este viaje no se trata de ustedes. Se trata de las personas y de su lucha”.

Cuando me paré para presentarnos delante de la Junta de Buen Gobierno, el organismo de gobierno del Caracol de Roberto Barrios, dije que estábamos allí para tratar de comprender la lucha de los Zapatistas, pero yo ni siquiera lo había internalizado. Si alguien me hubiera dicho al comienzo del viaje que yo lo estaba tomando como algo turístico, me hubiera tornado desafiante y quizás hasta me hubiera ofendido, pero no me había dado cuenta de que en algún nivel profundo era así. Vi a la gente como una suma de sus luchas; estaba asombrado por las cosas que habían soportado y no por la fortaleza para soportarlas; los vi como la felicidad que irradiaban más que su capacidad de recuperación, su poder y su absoluta fuerza de voluntad para sobrevivir y mejorar su mundo. Al final, me di cuenta de que en Chiapas había visto a aquellos que luchan, pero nunca había visto la lucha en sí misma, y esa era quizás la forma más profunda de turismo: una en la que te podrías convencer a ti mismo que, de alguna manera, habías ayudado, habías hecho algo, habías llevado a cabo el cambio, pero en la que en realidad todo lo que habías hecho era ser testigo. Quizás esto fue fomentado por el hecho de que este viaje fue la primera participación seria que había tenido en este programa. No va a ser la última.

En cada paseo, la gente que conocimos, aunque sea brevemente, me dejó alucinado: las cosas logradas, las victorias ganadas con mucho esfuerzo, la supervivencia a las dificultades que habían atormentado a las personas desde su nacimiento. Mi fascinación aumentaba por mis propios sentimientos de culpa por haber hecho tan poco con mi privilegio, pero al poco tiempo me di cuenta de que eso era un síntoma de orgullo. El Zapatismo no es relativamente sofisticado y con visión de futuro dado su contingente de miles de granjeros, peones y artesanos y mujeres sin educación y a menudo analfabetos; como Mickey nos recordaba a menudo, ese era nuestro prejuicio incorporado que nos decía que los pobres no podían ser sabios e intelectuales. El Zapatismo no es relativamente impresionante y poderoso dado lo pacíficos, orientados a las personas, e incondicional y completamente democráticos que son, dado que su personaje principal de liderazgo es una sombra que se comunica en la poesía y la verdad, dado cómo sus centros de resistencia cambian líderes cada pocas semanas; eso es el prejuicio que nos dice que el cambio a gran escala no puede lograrse sin violencia y sin arrasar con el imperialismo, que la regularidad es la única forma para que un liderazgo mantenga el control, y que las personas deben ser lideradas para ser eficaces.  Estos, para mí, ahora parecen sesgos emblemáticos de una mentalidad estadounidense subconsciente, pero dominante. Esto es lo que, acerca del Zapatismo, afectó mis percepciones de los movimientos de base de forma más profunda. El Zapatismo no es impresionante simplemente en el estupor del sesgo y el prejuicio que he acumulado como resultado de una existencia privilegiada e inconsciente, es impresionante por sí mismo. El Zapatismo es sabio. El Zapatismo es impresionante. El Zapatismo es poderoso. Podría decir que el Zapatismo cambió mi percepción del concepto de un movimiento de base, pero creo que sería más exacto decir que el Zapatismo la forjó.

De diferentes maneras, la gente casi siempre nos decía: “Debe haber sido muy costoso para ustedes venir hasta aquí; sin duda, nosotros no podríamos haber ido hacia allá. Gracias por tomarse el tiempo y gastar dinero para venir aquí y comprender nuestra lucha. A menudo sentimos que como movimiento no somos escuchados, pero ustedes nos han demostrado lo contrario”. Esto parecía extraño viniendo de ellos; después de todo, los veía a ellos como los que daban y a nosotros como aquellos que recibían los regalos. Era su comida, su tiempo, su felicidad lo que compartíamos y que ellos nos daban mientras nos quedamos con ellos. Siempre estaba asombrado de que ellos nos agradecieran. Es el tipo de asombro que provoca una sensación vaga, pero inquebrantable de vergüenza y enfado interior, y al mismo tiempo nos recuerda no hacer que la experiencia se trate de uno: compartir su felicidad, no envidiarla. Después de todo, es un regalo. Hacer a un lado este regalo con la pobre excusa de que uno no la merece es mutuamente destructivo.

Todavía lucho para descifrar algo de esto. Es difícil ponerle un pensamiento concreto, articulable a la emoción pura y cruda que sentí. Me costó incluso mirar a los ojos a estas personas que nos habían dado tanto y aun así eran tan generosas de espíritu que nos agradecían. Eso, también, es parte de la vergüenza que habla: volcar en tristeza la felicidad que me han dado es egoísta y ciego. Por lo que por ahora, continúo tratando de sonreír cuando recuerdo Chiapas. Si no pienso, creo que podría llorar. Una vez más.

Gracias, Mickey. Gracias, Mujeres de Maíz en Resistencia. Gracias, Zapatistas cuyos nombres y rostros eran desconocidos, pero cuya alegría, tristeza y fortaleza pudimos compartir, aunque sea por un momento. Gracias, Chiapas. Los admiro.