Escrito (1)

Anaranjado

Abby Kingsley ‘17

Screen-Shot-2016-08-13-at-10.58.51-AM-300x200“Azul, rojo, amarillo, morado, verde, blanco, rosa, café.” Digo esto con dudas cuando una niña pequeña con dos trenzas y una sonrisa a la que le faltan dos dientes señala los colores en un mural. Ella me mira fijamente y asiente con la cabeza cuando digo la palabra correcta. “Mmmm,” hago una pausa, una mirada tímida en mi cara. “ANARANJADO”, grita ella en broma con frustración. Ella se ríe de mí y yo le sonrío. “Bueno, nunca me gustó el naranja, de todas formas”, pienso para mí. En mis diez días en México, aprendí cómo decir los colores, gracias, por favor y más en español. Todo gracias a una niña llamada Pati.

“Otra vez”, dice dándome órdenes. Obedezco, y la levanto bien alto en el aire. Ella sonríe y yo sonrío. Hago esto tantas veces que siento como si hubiera estado levantando pesas. Le hago girar como una muñeca de trapo. Ella parece estar divirtiéndose mucho, pero me preocupa lastimarla. Le gusta que la lleve a distintos lugares. Le gusta sacar fotos con mi teléfono. Le gusta colocar los “modelos” a los que les está sacando fotos. Le gusta sentarse en mi falda. Es una princesa usando una corona que hice con agujas de pino que había en el piso.

Le gusta contar adivinanzas. Habla dos idiomas. Pasamos juntas todo el día. Hablamos pocas palabras entre nosotras. Nos reímos y sonreímos todo el tiempo. En el intercambio final de regalos, ella sostiene la mano de su madre y la acerca a mí para darme un hermoso chal bordado.  Es una de las piezas de artesanía más preciosas que he visto, pero más importante que eso, me la dio Pati. En ese momento, me sentí profundamente conectada a esa pequeña niña y a su madre. Me encantó pasar tiempo con Pati, y ella tendrá siempre un lugar especial en mi corazón.

Mickey está hablando de la historia del viaje a Chiapas y otras cosas. Escucho atentamente. Luego dice, “Solíamos venir un año y al año siguiente algunos niños ya no estaban. Habían fallecido”. Me detuve, y se me vino el alma al piso. Pienso en Pati, la maravillosa niñita con tanta vida por vivir. “Pero eso ya no sucede más”, continúa, hablando de cómo las mujeres expresaron su gratitud por el Proyecto Chiapas: “Nuestros niños ya no están muriendo”. Cuando escuché eso comprendí el verdadero efecto de este trabajo.

Los pequeños, pero infinitos efectos de todas esas mesas y sillas plegables en Oakwood, las cajas y cajones en la Sala B, y las horas y el corazón de los alumnos y los padres me dejan sin palabras.  No se trata de nada grande o magnífico. Está en la atención de la salud, la educación, el transporte que ahora están disponibles para estas mujeres al darles la oportunidad de vender sus productos en un mercado que las valora a ellas y a sus productos adecuadamente. En este momento comprendí todo, y quise dedicarme a hacer lo que podía para trabajar con estas mujeres. Son trabajadoras increíbles —compasivas, divertidas y personas tan maravillosas—, pero más importante que eso, todas fueron alguna vez niñitas con trenzas, con dientes que les faltaban y sonrisas, que se reían todo el día y se merecen el mundo.